La importancia del buen padre (3): el cómplice
Un rol poco mencionado del padre, relacionado con el de "policía" y "sabio", es el de cómplice de juegos. Precisamente porque el padre vive a sus hijos, como ya vimos anteriormente, de un modo relativamente más "distanciado" que la madre, y porque los hombres suelen ser más desinhibidos que las mujeres (1), el buen padre está mejor predispuesto, creo yo, para compartir frecuentemente su "niño interior" con sus hijos. En otras palabras, un papá sano y amoroso acostumbra a ser más "divertido" que mamá.
Podemos observar fácilmente que muchos hombres disfrutan jugando con los niños. Según la edad y sexo de cada hijo, estos juegos son obviamente diferentes, desde alzarlos al aire, darles volteretas o llevarlos al cuello hasta esconderse, dejarse enterrar en la arena, disfrazarse juntos, compartir juegos de mesa o improvisar, en fin, todo tipo de actividades lúdicas -aunque sean ocasionales o breves- en casa o al aire libre. En las que a veces también participa la madre, naturalmente. Pero, en general, el padre, aunque sabe poner límites y educar, también sabe divertirse más con los críos. Salvo -como no nos cansamos de repetir- los hombres patológicos.
Se trata, en mi opinión, de una forma distinta y complementaria de amar. Así como la buena madre ama principalmente desde sus continuos e imprescindibles cuidados, siendo por ello un excelente contrapeso-refugio frente a los posibles errores del padre, éste ama a sus hijos más relajadamente, siendo a su vez un buen contrapeso-refugio frente a los posibles excesos sobreprotectores de la madre. Este equilibrio permite a los niños sentirse más seguros, ya que pueden "elegir", según cada momento y circunstancia, en quién "refugiarse".
Porque los niños no sólo necesitan amor y educación, sino también compinches (2). Aliados solidarios. Necesitan, además de jugar con otros niños, adultos capaces de "bajar" a su nivel infantil y compartir actividades de todo tipo, no sólo divertidas, sino también psicológicamente instructivas en el arte de colaborar, competir, ganar, perder, luchar, relacionarse, disfrutar, tolerar frustraciones, desinhibirse, compartir alegría, recobrar la espontaneidad, inventar, imaginar, etc. Y todo esto no de una manera forzada por parte de los adultos, como aplicando algún manual de instrucciones, sino de corazón. Disfrutando de verdad. Lo que permitirá a los hijos el aprendizaje de los aspectos más lúdicos y gozosos de la vida.
¿Y qué sucede cuando los niños no disponen de tales cómplices de juego, ya sean papá, mamá u otros niños o adultos? Obviamente, crecerán en entornos grises, sosos, terriblemente aburridos, sin chispa... Ambientes rutinarios y anodinos -para los niños- como cuarteles o monasterios. Y las secuelas psicológicas de ello serán las previsibles: personalidades inhibidas, falta de espontaneidad y humor, rigidez, tendencia a la soledad o la tristeza, etc.
Esta es la enorme importancia del rol cómplice de papá (y también de mamá) en la infancia.
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La importancia del buen padre (2): el sabio
La importancia del buen padre (y 4): viaje a la heterosexualidad
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1. Exponer aquí las causas de ello nos alejaría demasiado de nuestro tema.
2. La complicidad del padre suele ser mayor, evidentemente, con los hijos varones. Quizá esto ayude a explicar algunos problemas futuros que tendrán muchas mujeres con los hombres, e incluso con sus propios hijos.
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