La Ley del Silencio
Acabo de leer la novela Los reyes de la casa, de Delphine de Vigan, recomendada por una querida seguidora. El libro quiere denunciar el problema del sharenting, ese lamentable abuso parental -que debiera prohibirse como cualquier otro- que consiste en esas madres y/o padres patológicamente narcisistas que exponen / comparten en redes sociales toda clase de informaciones, fotos y videos de su vida privada familiar, pero sobre todo la de sus hijos pequeños. Naturalmente, los peligros y secuelas de semejante violación de la intimidad para estos niños son de todo tipo: psicológicas, sociales, legales... Pero la lectura de esta obra me ha llevado también a otro tipo de reflexiones.
Y es que la autora, igual que sucede en innumerables testimonios y autobiografías de personas que publican con fines "visibilizadores" sus maltratos familiares, al final no se moja. Describe muy bien, a través de una apasionante ficción, el problema, pero no se atreve a dar el paso decisivo, que sería señalar explícitamente a los responsables de los gravísimos abusos que narra, que son la madre perpetradora y el padre cómplice. Una debilidad muy común que se repite desgraciadamente en la mayoría de biografías, literatura, cine, artes, prensa, psicoterapia, etc. ¿Por qué esta autocensura, este pánico a la verdad, esa obsesión con toda clase de eufemismos y excusas (1) por exculpar e incluso "perdonar" a las madres y padres abusadores?
Ya lo hemos comentado muchas veces: la infancia es un estado intrínseco de indefensión y por tanto de sometimiento absoluto a los padres. Recordemos el bíblico y fundacional Cuarto Mandamiento: "amarás y obedecerás a tus padres" (2). Y porque reconocer tal indefensión, es decir, que "mis padres no me amaron, sino que abusaron de mí o consintieron que otros lo hicieran", es insoportablemente doloroso (3). Y es especialmente desalentador comprobar hasta qué punto también la Psicología, que debería ayudar a sanar a las víctimas de cualquier forma de desamor/abuso familiar, forma parte de esta encubridora Ley del Silencio.
Pero Alice Miller ya nos lo advirtió con claridad: sin el reconocimiento valiente y explícito de tus victimarios, sean quienes sean, incluidos tus propios padres, no hay curación posible. Porque sin tal reconocimiento no puede haber evacuación de todo el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa y la rabia que llevas dentro, causas precisamente de tu neurosis y tu desdicha. Y sin dicho señalamiento sucederán además muchas cosas malas en tu vida:
- No sabrás amar y cuidar sanamente a tus hijos, que también enfermarán.
- Desviarás todos tus demonios contra otras personas inocentes, lanzándoles todo tipo de amarguras, odios y violencias que sólo contribuirán a empeorar el mundo.
- Si no identificas a tus abusadores parentales, tampoco identificarás a tus abusadores emocionales, económicos, políticos, etc., de los que no sabrás ni te atreverás a protegerte.
- Si no identificas sus trampas, eufemismos y manipulaciones, destinadas todas ellas a conseguir tu silencio y lograr tu obediencia, tampoco reconocerás las tuyas propias, ni las de nadie.
- Tampoco dispondrás de la "inteligencia emocional" suficiente para identificar tus propios sentimientos y necesidades, cómo gestionarlos mejor, cómo tomar decisiones más acertadas, etc.
- En tiempos revueltos o de guerra, puede brotar de ti un "inexplicable" monstruo justiciero, superviolento, cruel, vengador...
- etc.
Por todas estas razones sabemos, al menos desde Alice Miller, que gran parte de las locuras e infiernos del mundo se deben precisamente a la Ley del Silencio sobre las barbaridades que se perpetran en la infancia, y sobre sus causantes. Frente a lo cual, en mi opinión, sólo caben dos opciones. O seguimos así, quejándonos victimistamente de las consecuencias (trastornos mentales, trastornos sociales, desdicha generalizada). O, por mucho que nos duela, destapamos de una vez por todas a los victimari@s familiares. Empezando, naturalmente, por los de cada uno de nosotr@s.
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1. Por ejemplo, "te quieren a su manera, hicieron lo que pudieron, fue sin mala intención, no se dieron cuenta, también ellos fueron abusados, lo hicieron por tu bien", etc.
2. En este sentido, apenas existen las "infancias felices", como suele fingirse. Cualquier contexto autoritario se basa precisamente en la represión y la tendencia al abuso sobre las personas.
3. Porque desmonta la farsa, el mito universal de que "todas las madres y padres quieren a sus hijos". Un sueño que nace del anhelo fundamental del ser humano, ese mamífero cuya vida, muerte o locura dependen del amor parental, de ser amado por los padres. Un hambre que, por cierto, jamás se extingue.
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