El caso de Lindsay Clancy... o el poder del deseo
El actual y famoso juicio contra Lindsay Clancy, la asesina de sus tres hijos pequeños, merece una pequeña reflexión sobre la relación entre las acciones criminales y los trastornos mentales. ¿Son éstos tan determinantes como a menudo se supone?
En mi opinión y desde un enfoque psicodinámico, invocar un trastorno mental -ya sea de tipo neurótico, psicótico, etc.- como causa o, al menos, "atenuante" de una acción delictiva no tiene demasiado sentido. Porque los trastornos mentales sólo expresan dolorosos conflictos inconscientes del sujeto, mientras que las acciones criminales obedecen, tanto en locos como en cuerdos, a deseos específicos. En este caso, matar a los hijos. Esto significa que, al margen de la "conciencia del bien y del mal" que tenga o no el delincuente en el momento de su acción, o de si actuó fría y calculadamente o bien bajo la influencia de impulsos patológicos, drogas, etc., el motor final de su conducta es que DESEABA realizarla. Por los motivos que fuesen: quizá una acumulación insoportable de odio, desesperación, insensibilidad psíquica o moral, sufrimientos de cualquier tipo, etc. Por ello, cuando el deseo ilegal de una persona -perturbada o no- es abrumador y concurren a veces determinadas circunstancias desinhibidoras (p. ej., un trastorno mental, erupciones emocionales, alcohol, drogas, etc.), entonces todas sus defensas psíquicas (amor, miedo, culpa) y morales (si las tiene), esas que habitualmente inhiben nuestras conductas extremas, finalmente colapsan. Y el sujeto realiza su acción criminal.
Los problemas psíquicos, en fin, no "causan" acciones delictivas (1), sino que, como las citadas drogas, la embriaguez y otros factores desinhibidores, sólo facilitan su ejecución a quienes hace ya tiempo que desean consciente o inconscientemente realizarlas (2). Dicho de otro modo, para matar como Lindsay Clancy y otros muchos delincuentes, no basta con una "locura" real o supuesta. Es indispensable, además, el fortísimo, prolongado y finalmente invencible deseo de consumarlo.
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1. Ni siquiera los estados hipnóticos pueden hacerlo. Por otro lado, si los trastornos psicológicos causaran por sí mismos delitos, el número de atrocidades en el mundo sería incalculablemente mayor.
2. Otra cosa es cuando dichos factores desinhibidores ocasionan a veces accidentes, por ejemplo una muerte indeseada en una pelea.
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