Los apestados

Una de las grandes muestras de la ignorancia -por no decir estupidez- del ser humano es nuestra obsesión por "resolver" los problemas sin comprender sus causas, y sin preguntar a los causantes. Ni siquiera nos interesa. Simplemente nos lanzamos a ciegas a aplicar controles morales, legales, ideológicos, etc. contra los problemas, y a semejantes parches básicamente inútiles los llamamos con arrogancia "soluciones".

Por ejemplo, "luchamos" contra la violencia, el maltrato doméstico, los trastornos mentales, el suicidio, la pederastia, las drogas, el fracaso escolar, los problemas sociales de cualquier tipo, incluso los incendios forestales, el hambre o la guerra... pero ¿cómo lo hacemos? Con reglamentos, con obligaciones o prohibiciones, con incentivos o castigos; siempre buscando (o inventando) culpables. Es decir, forzando artificialmente nuestros objetivos, sin considerar los obstáculos psicológicos, sociales, económicos, etc. que precisamente impidieron, e impedirán, que tales objetivos puedan resultar con naturalidad por sí mismos. Como si quisiéramos sanar la cirrosis prohibiéndola, en vez de dejar de beber varias botellas de licor cada día. Evidentemente, con estos "remedios" tan poco inteligentes nuestros problemas serán cada vez más tenaces o graves, y el fracaso de nuestra "lucha" será enorme.

¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué somos tan torpes? En mi opinión, porque odiamos ciegamente todo lo que nos duele. Nos asusta lo que no entendemos. Huimos de lo que nos requiere lucidez, responsabilidad, esfuerzo. Por eso preferimos soñar ideales, buscar culpables, inventar objetivos, antes que escuchar, analizar y aprender del Mal y de los "malos" del mundo, a fin de descubrir las posibles soluciones -y más aún la prevención- de nuestros problemas.

En mi caso, por ejemplo, cada vez que oigo hablar de una persona problemática o "malvada" (p. ej., violenta, maltratadora, pederasta, homicida, delincuente en general), o bien trastornada en cualquier sentido (alcohólica, antisocial, deprimida, narcisista...), no me interesan las opiniones frívolas de la gente, ni las de muchos "expertos", ni menos aún las de los políticos, ni el parecer de nadie desde sus prejuicios o ideologías. Lo que me interesaría es escuchar al malvado/a. Interesarme sinceramente por él/ella y dialogar a fondo sobre sus motivos, sus circunstancias, sus antecedentes. Y no sólo eso, pues su relato muy bien podría estar contaminado de neuróticos autoengaños inconscientes, sino también invitarle a destapar algún que otro aspecto no tan visible de su psicología, su personalidad, su vida actual, su biografía. Creo que sólo así aprenderíamos realmente algo de esas personas, y de la vida, y de cómo ayudarlas a ellas y a la sociedad.

Todo en la existencia tiene sus orígenes. Sus raíces. Incluso el Mal y sus "malvados" (que además, no lo olvidemos, somos todos, ya sea por acción, omisión, miedo o ignorancia). De ahí que mientras odiemos ferozmente y nos neguemos a escuchar en profundidad a los apestados, jamás mejoraremos las cosas.

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