De padres viejos e hijos cuidadores
Quien haya pasado algún tiempo en hospitales y/o geriátricos, si es un poco observador, habrá podido presenciar escenas muy poco amorosas entre algunas madres o padres viejos y su hijo/a cuidador/a.
Vemos que el hij@ trata "mal" a su madre/padre: se impacienta a la mínima, le levanta la voz, lo trata con sequedad o hipocresía y/o se va casi sin mirar atrás en cuanto puede.
Y es muy difícil no pensar: ¡qué malos son esta clase de hijos! ¿Cómo pueden tratar así a ancianos/as tan desvalidos?
Pero entonces yo observo a los presuntamente "malvados". Examino con atención sus rostros, sus miradas, sus gestos. Y descubro fácilmente en ellos la soledad, la tristeza, el agotamiento, la ira.
Me doy cuenta de que son hombres y mujeres atrapados. Obligados a cuidar de sus padres por necesidad, por deber, por sentimientos de culpa, sin afecto, sin amor alguno. ¿Por qué?
Observo mejor a esas madres y padres, y obtengo mi respuesta. Tampoco ellos son cariñosos con sus cuidadores. Están siempre malhumorados, o son distantes, fríos, agrios, dominantes, agresivos, desagradecidos... Impropio, por otro lado, de personas tan necesitadas de ayuda.
O sea que tales ancianos/as son y, por tanto, siempre fueron, madres o padres fallidos.
Ahora entiendo por qué sus hijos, hoy adultos, se comportan como lo hacen. Porque siguen siendo niños desqueridos, maltratados de mil maneras distintas, dolidos, enfadados, que quizá incluso arrastran duras secuelas psicológicas... Niños a los que ahora exigimos que "devuelvan" a sus padres lo que jamás obtuvieron de ellos: suficiente atención, respeto, cariño, alegría, paciencia, cuidados... Amor.
Nadie puede dar lo que no tiene. Y éste es precisamente el drama, la dolorosa contradicción de esos cuidadores. Les persigue el reproche de unos padres egoístas, de una sociedad ignorante y de la propia conciencia, que gritan a coro: "¡Sois unos desalmados. Unos malos hijos ingratos. Haced el favor de cuidar a vuestros padres como es debido!".
Somos, lamentablemente, una sociedad terriblemente moralista e injusta donde casi nadie quiere ver ni entender nada. Y donde casi todos exigen cruelmente unos frutos que jamás sembraron.
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