Intimidad y privacidad

En esta era de descomposición en todos los órdenes (psicológico, social, ético/estético, político, económico...), parece algo extemporáneo hablar de valores "antiguos" como los de respeto, amor, bien, mal, verdad, belleza... Pese a que todos ellos son indispensables no ya para la salud mental y social, sino para la supervivencia humana. Sin embargo, quiero exponer aquí brevemente dos de esos valores "oxidados", por no decir casi olvidados: la intimidad y la privacidad.

La intimidad es la capacidad de una persona de establecer pleno contacto (ya sea emocional, físico o intelectual) con otra, sin distracciones ni interferencias de ningún tipo. La privacidad es el espacio mínimo de seguridad que permite a dicha persona descansar y protegerse de las asechanzas externas, sin que nadie tenga derecho a invadirla. Ambas, intimidad y privacidad, se aprenden obviamente en las infancias amorosas.

Pero las infancias, que nunca han sido demasiado amorosas, lo son cada vez menos. La mayoría de niños viven, como sabemos, en condiciones permanentes de sobreestimulación y "socialización", de modo que apenas tienen un minuto para estar solos. Para mirarse al espejo. Para ser conscientes de sí mismos al margen de la imparable corriente de excitaciones, influencias y presiones familiares, escolares y sociales que los arrastran sin cesar, ya desde las guarderías. Por no hablar de la trampa final de las tecnologías y redes, esos guetos enormes donde adolescentes y adultos, formando frenéticos enjambres sin la menor privacidad ni intimidad, seguirán sin madurar una identidad propia. Sin llenar esos vacíos psicoafectivos y existenciales que sólo las experiencias íntimas y privadas pueden aliviar. Sin superar, en fin, su secreta e insoportable soledad.

De ahí, entre otras razones y en mi opinión, el gradual hundimiento de nuestro mundo.

Porque el ser humano no es un insecto, por mucho que nos empeñemos en vivir como tales. Es un mamífero. Y los mamíferos necesitamos, por definición, una madre adecuada. Una crianza y educación apropiadas. Unas condiciones ambientales relativamente seguras, es decir, no dañinas por defecto o exceso. Y, por supuesto, el respeto universal a nuestra privacidad e intimidad, donde cada individuo pueda eventualmente refugiarse y nutrirse como su corazón mamífero necesita.

Comentarios