El amor... o los muertos vivientes

El amor, entendido como la relación esencialmente armónica entre individuos, es el oxígeno de los seres humanos. Y de todos los mamíferos, desde los perritos hasta los elefantes. Ahora bien, es evidente que Dante Alighieri se equivocó por completo en sus famosos versos "El amor que mueve el mundo y las demás estrellas", pues desgraciadamente no es el amor, sino el narcisismo (el ego), en todas sus variantes y con todas sus consecuencias (egoísmo, poder, engaño, violencias), lo que "mueve" al mundo. De lo contrario, nunca habría sido necesario el surgimiento de ciertas religiones, entre ellas el Cristianismo.

A mis 68 años, me parece asombroso, inconcebible, catastrófico, que el amor, entendido como determinante psíquico, valor ético e ideal individual/social- haya desaparecido de este mundo. Y no ya del discurso sociopolítico, etc., sino de la Psicología misma. Infinidad de profesionales de la salud mental hablan, en efecto, de genética, de neurociencias, de cerebros, de educación, de fármacos, de terapias cognitivo-conductuales, etc., pero no de amor. De eso que cualquier bebé, lo mismo que cualquier adulto, necesita de su familia y de su entorno social para un mínimo bienestar psicoemocional. ¿Tan extraña nos resulta semejante obviedad?

El trato a la infancia ha sido universalmente pésimo y hoy, aunque disfrazadamente, sigue siéndolo. Por no hablar del contexto social del último siglo, basado, como sabemos, en el culto sistemático al odio y la confrontación permanente. Hemos sustituido el viejo ideal del amor por sucedáneos políticos como "solidaridad", "justicia", "orden", "paz", "democracia", etc., que, sin embargo, sin amor básico real, son palabras vacías. Sólo ayudan a tapar -y escapar de- la terrible soledad psíquica y existencial que sufren, consciente o inconscientemente, millones de seres humanos.

Puede que algunos aspectos de nuestras políticas y tecnologías supermaterialistas tengan algunas utilidades concretas. Pero ello nunca "mejorará" sustancialmente las vidas de personas y sociedades. Si en otro tiempo, cuando aún se creía en el amor, el mundo ya era terrible, ¿qué podemos esperar hoy de una sociedad que no conoce, ni valora, ni reivindica el indispensable amor? Puede que seamos algo menos bárbaros y explícitamente destructivos que antes. Pero, a cambio, millones de personas se parecen cada vez más a desolados muertos vivientes.

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