La gente dura

El estoicismo está de moda. Siempre lo ha estado. Es decir, el ideal de ser (o parecer) una persona "dura" frente al dolor y las dificultades. Ser fuerte, resistente... "resiliente" es lo que la mayoría considera "bueno". En cambio, ser demasiado sensible, vulnerable, depresivo, pesimista, está mal visto; lo confundimos con debilidad, inmadurez, inferioridad, y la gente, en general, desprecia eso. Lo desprecia precisamente porque se avergüenza de sus propias "debilidades". Por eso necesita aparentar ser fuerte a toda costa.

Pero lo que llamamos debilidad puede expresar, en realidad, cosas muy diferentes: por ejemplo, sensibilidad, consciencia, miedo, prudencia, traumas, otros valores, etc. Y todo ello nos hace expresarnos y actuar de formas muy distintas a las que sociedad nos exige y/o espera de nosotros. Por eso, al adolescente que no quiere participar en alguna acción delictiva de su grupo, o al joven que se niega a ir a la guerra, etc., se los rechaza inmediata y desdeñosamente por "débiles", "cobardes", etc.

Ahora bien, cuando queremos ser más "duros" lo que realmente hacemos es relegar, reprimir, cerrar las puertas a nuestros verdaderos sentimientos, emociones e ideas. Y todos sabemos que una puerta cerrada no deja pasar a nadie. Por eso cuando bloqueamos nuestro propio sentir también nos cerramos al sentir de los demás. Es decir, nos quedamos aislados del mundo, incomunicados, completamente a solas con nosotros mismos. Y aquí está el verdadero problema.

La gente dura no puede abrirse a los demás, ser psicológicamente transparente, lo que les impide automáticamente la sensibilidad, empatía y el verdadero afecto. Su propio blindaje genera incomunicación. Por ejemplo, la persona no puede intimar, sintonizar plenamente con su pareja, amistad o pariente, lo que causará conflictos y rupturas. La madre no puede sintonizar plenamente con su bebé o hijo de más edad, lo que producirá en éste trastornos psíquicos más o menos graves. Los maestros y políticos tampoco logran empatizar con la gente, lo que les hará actuar de modos simplemente autoritarios. Etcétera. Y es que cuando blindamos nuestra psicoafectividad, las relaciones humanas son imposibles.

Sin embargo, asombrosamente, desde las religiones y las ideologías hasta la Psicología nos insisten continuamente en las supuestas virtudes de la dureza. "¡Resiste, esfuérzate, lucha, sonríe, sé optimista, tómalo de otra forma, contrólate, regúlate, relájate, empodérate...!", nos repiten sin cesar. Y así pretenden que millones de personas, trastornadas precisamente a causa de un mundo sin empatía ni amor, es decir, basado en el poder, la violencia y el control de las conductas, sean más felices... ¡aconsejándoles "más de los mismo"! O sea, más opacidades, más puertas cerradas a corazones propios y ajenos, más dureza íntima causadora de soledades, frustraciones y patologías... ¿No es esto como querer apagar fuegos con gasolina?

O como atar y amordazar al torturado... para que no oigamos sus gritos frente a las nuevas torturas.

Los seres humanos no necesitamos aprender a ser más fuertes y resistentes, sino más afectuosos y lúcidos, de modo que no lleguemos a causar los muchos problemas que después queremos chapuceramente "reparar" con los mismos errores.

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