El nuevo maltrato infantil
La violencia contra los niños (emocional, física y/o sexual) siempre ha existido, siendo además una de las razones principales de la crónica violencia de las sociedades "adultas" (delincuencia, trastornos mentales, ideologías, guerras). Y aunque la conciencia social desarrollada en las últimas décadas sobre el problema ha reducido en parte tales maltratos, también parece que desgraciadamente se han añadido a éstos otras formas mucho más sutiles y encubiertas, aunque no menos destructivas (o quizá más) para los niños y la sociedad entera. Me refiero a lo que podríamos llamar abuso infantil por abandono psicoafectivo. Para comprobarlo sólo tenemos que observar con detalle la infancia actual en este mundo excesivamente tecnológico, consumista y politizado.
Es un hecho que, tras los cambios sociales del siglo XX que condujeron a la incorporación de la mujer al trabajo, la sustitución de las familias extensas por las "familias" nucleares e incluso monoparentales, la aparición de las guarderías, el posterior cuestionamiento del padre e incluso del amor heterosexual, etc., los niños y sus necesidades de amor e inclusión familiar estable han ido quedando relegados. Y para intentar rellenar este vacío han ido surgiendo distintos sucedáneos de "amor familiar":
- juguetes supertecnológicos (videojuegos, pantallas, redes "sociales" destinadas a entretenerse en solitario durante horas)
- obligadas y abundantes actividades extraescolares
- cambios continuos de ambiente (canguros, escuelas, abuelos, custodias compartidas, segundos y terceros emparejamientos de los progenitores...)
- renuncia a la autoridad parental, falta de límites, permisividad excesiva
- sobreproteccionismos
- simulacros de amor en forma de superoferta de caprichos, fiestas, regalos...
- etc.
Es evidente, para cualquier persona mínimamente sensible y consciente, que tanto ruido y movimientos tienen poco que ver con el amor, pues NO logran calmar las ansiedades, la soledad íntima -consciente o inconsciente- de niños y adolescentes.
Los niños están más solos que nunca. Entre tantísimas actividades y objetos materiales, no alcanzan a vincularse íntimamente con nadie. No pueden jugar, sentirse valiosos y realmente comprendidos (es decir, psicológicamente seguros) con nadie. No tienen modelos valiosos y estables de aprendizaje, conducta y maduración emocional. Por el contrario, son arrastrados por una vorágine de tareas, socializaciones forzadas (ya desde las guarderías), relaciones simuladas ("virtuales"), absorción de relativismos, conflictos y odios ajenos a través de los medios de comunicación, desorientación general, etc., de modo que esos niños, tan supuestamente "cuidados" pero siempre de mano en mano, en realidad se aburren. Se sienten íntimamente desamparados, solos, confusos, cansados. Y, para colmo, cuando enferman por ello (es decir, se les diagnostica con tdah, depresión, adicciones, trastornos de comportamiento, etc., cosa cada vez más frecuente), se les administran potentes fármacos para reprimir sus síntomas, sin que nadie comprenda sus motivos, es decir, con la misma falta de empatía real de siempre.
A menudo, a estos niños actuales se les vende, por ejemplo, cursos de cocina para que aprendan pronto a "ayudar a mamá" y "valerse por si mismos". Se les pregunta en los supermercados "qué quieren comer", como si no fuesen los adultos quienes deben responsabilizarse de su dieta. Se les imparte "talleres de yoga" o de "gestión emocional", como si los niños debiesen aprender a reprimirse y no a conservar su espontaneidad como niños que son. Se les impone a veces charlas de adoctrinamiento sexual o de otros tipos, según los dogmas políticos vigentes. Se les enseña a ser "cooperativos" en un mundo brutalmente competitivo (desde el fútbol hasta la política), es decir, se les enseña encubiertamente a ser sumisos e inofensivos... Etcétera.
En esta confusión generalizada, me pregunto: ¿quién atiende, cuida y dedica el tiempo y afecto que realmente necesitan los niños y adolescentes? Creo que muy pocas personas. Los adultos suelen estar sobrepasados por sus propios problemas personales (amorosos, neuróticos, laborales, familiares, económicos), absorbidos por sus propias necesidades y escapismos (obligaciones de todo tipo, trabajo, redes sociales, diversiones), de modo que suelen tratar con prisas e impaciencia a los críos. Casi siempre les están mandando, apresurando, riñendo, gritando, transmitiéndoles enormes cantidades de estrés, ansiedades y mal humor; lo que, por muy humano y normalizado que esté, nadie -y mucho menos los niños- puede soportar durante mucho tiempo... sin sufrir las inevitables secuelas. Entre ellas, el que algunos niños sean muy vulnerables a múltiples riesgos: por ejemplo, diferentes tipos de acoso, peligrosos cantos de sirena de los pederastas, trastornos psicoconductuales, adolescencias problemáticas, etc.
En suma, el maltrato a la infancia, que tanto nos preocupa y denunciamos, no sólo consiste en autoritarismo y/o agresiones emocionales, físicas o sexuales, sino también en el abandono psicoafectivo por parte de los adultos en un mundo terriblemente frenético, superficial y con escasa empatía. Y es lógico que así sea, pues la mayoría de adultos tampoco han tenido una infancia suficientemente amorosa, por mucho que defensivamente se engañen sobre ello.
Y es que, contra todos nuestros tópicos socioculturales, lo cierto es que la infancia es la etapa más vulnerable, peligrosa y determinante del ser humano.
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