Comprender la agresividad

El mundo odia la agresividad y trata de reprimirla por todos los medios, porque la confunde con la violencia. Lo que me parece un grave error. Porque la agresividad es una energía, un fenómeno 100% biológico, psicofísico, mientras que la violencia es una acción destructiva. O sea que, aunque toda violencia requiere agresividad, no toda agresividad se traduce necesariamente en violencia. Y deberíamos saberlo, porque la represión indiscriminada de toda agresividad es precisamente una de las causas fundamentales de las neurosis... y paradójicamente de muchos estallidos de violencia.

La agresividad es uno de los motores fundamentales de la Naturaleza, indispensable para todo:  cazar, defenderse, competir por la reproducción, administrar las relaciones sociales, etc. Y también entre los humanos: la necesitamos para enfadarnos, buscar trabajo, defendernos, competir en cualquier asunto, subir al autobús, votar, hacernos oír en una reunión, practicar deportes, incluso escalar una montaña...  Es el impulso que nos mueve a "luchar por la vida". Sin ella, seríamos como gusanos blandos y pasivos, indolentes, inactivos, inofensivos, y seríamos por ello rápidamente destruidos.

Nuestra agresividad es también el dique que limita y nos protege de los abusos de los demás, desde los padres y jefes hasta las malas parejas y los políticos. Sin agresividad somos incapaces de indignarnos, de protestar, de poner al otro en su lugar, de tomar decisiones, de ponernos a salvo ante cualquier exceso. Si no usamos a veces las uñas y los dientes, la gente nos devora. Lo que además la fortalece, es decir, nos convierte en sus cómplices... y así vuelven a dañarnos.

Este asunto es muy importante en psicoterapia. Una persona que, por miedo o sentimientos de culpa, etc., no expresa de ningún modo su defensiva agresividad reprimida (p. ej. frente a su familia maltratadora, su pareja, sus daños o frustraciones de cualquier tipo, etc.), enferma siempre. Siempre. Desarrolla según cada caso y en distintos grados síntomas ansiosos, depresivos, autodestructivos, obsesivos, violentos, antisociales... ¡No se puede acumular indefinidamente el vapor de una olla a presión! Por eso en mis consultas animaba a mis pacientes a aceptar y expresar canalizadamente, mediante ciertos ejercicios, su agresividad reprimida. Y era maravilloso comprobar los resultados: cómo les iba cambiando la mirada, la expresión, el carácter, esa "inflamación interna" de su corazón.

No debemos reprimir la agresividad con excusas del tipo "es mala", "es una emoción negativa", "expresarla la aumenta", "quedarás atrapado en ella", etc. No. Lo que debemos controlar son las conductas violentas, no la agresividad. La cual puede descargarse terapéuticamente de muchas maneras no violentas: p. ej., verbalmente (desfogándose libremente y sin moralinas con un terapeuta empático), físicamente (mediante ciertos deportes), artísticamente (escritura, pintura, música), tomado decisiones prácticas (alejarse, empoderarse, denunciar), etc. Todo ello siempre a la luz de la plena consciencia.

La agresividad (repito: no confundir con la violencia) no sólo es, en fin, indispensable para la vida, sino que por eso mismo debemos aceptarla. Rescatarla. Incluso reivindicarla con amor, sin miedos, sin excusas morales o ideológicas. Después de todo, nos guste o no, forma parte natural de nosotros mismos y negarla/reprimirla con hipocresía es mucho peor. Cuanta más agresividad nos tragamos sin solucionar sus causas, más patologías y violencias hay en el mundo. (1)

¡Nuestra olla a presión no perdona!

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1. Otra cosa es, naturalmente, la agresividad intensa y/o permanente de muchas personas, que expresa conflictos personales o neuróticos que nunca llegan a resolver.

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